Oïo (Simon Goulet, 2003)

El cine experimental goza de una inmejorable salud. La historia tapa aquellos adelantos sobresalientes para tiempos pasados; cine mudo contra cine sonoro, el blanco y negro, las naves surcando la estratófera, los falsos tiros, los viejos y risueños decapitamientos, el cine color y cada nueva experimientación posible que se presenta frente a nosotros ya no como adelantos técnicos en si mismos, sino como abtracción de una realidad en la que la técnica le gana al arte sin cesar.

Goulet hace algo sencillo, filma pintura en movimiento. Litros y litros de coloridas latas de pintura lanzadas al aire y retratadas para siempre por el hecho de filmar. Y  Oïo es una película sumamente disfrutable, densa en interpretaciones, pero sin falsas intenciones.

Dura tan solo 8 minutos, y no hay tanto para contar; búsquenla, veanla y seguro que luego la cuentan.

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