Archivo de Octubre de 2007

Sanxia haoren (Jia Zhang-ke, 2006)

Lunes, 15 de Octubre de 2007

Naturaleza muerta, Todavia vivo, La buena gente de las Tres Gargantas, son los tres títulos por los que es conocida la película de Jia Zhang-ke, en español, en inglés y en cantonés. Una pequeña dosis de cada uno de ellos es lo que mejor describe otra aproximación mas del chino a un cine que combina a la perfección el documento histórico de un cambio excepcional de la sociedad china y la belleza total de un trabajo cinematográfico absoluto, dueño de un manejo y una compresión del lenguaje que sobrepasa la prosa escrita y aun su propia película.

No es solo que filme lindo, que proponga mucho y exija al espectador a una retroalimentación entre su propia visión y la de aquel, sino que Zhang-ke cautiva con esa combinación y resulta imposible escapar del estado de destrucción, de la esperanza vital y de la cautivante humanidad de la buena gente que inunda el filme, como la represa lo hace con el paisaje.

Sanxia haoren, tal la transliteración textual, cuenta la historia del minero Sanming y de la enfermera Shen Hong, ambos viajan hasta la ciudad de Fengjie, donde se está construyendo la mayor represa del mundo, para encontrar a su parejas, ambas separadas desde hace mucho tiempo. El hombre no ve a su mujer hace 16 años, en cambio el marido de la enfermera se fue de su casa dos años atrás. El ambiente es de destrucción, Fengjie está siendo demolida casi en su totalidad, mas de un millón de habitantes debieron dejar sus casas, expropiadas por el Estado, para que Las Tres Gargantas pudiese llevarse a cabo; en esta situación encontrar a alguien, he incluso poder hallarse a uno mismo resulta no solo dificil, sino que una tarea que puede lograrse solamente con la ayuda de esa buena gente, la que cree que en este lugar muerto todavia vive gente, todavia hay esperanzas, y por ello el filme destila una sensación de amargura total, esa extrañación propia del cine de los grandes cambios, pero logra dejar un buen sabor; por esa belleza absoluta con la que filma Jia Zhang-ke y por la esperanza que se combinan en los tres títulos de la película.

A propósito de Otar Iosseliani

Miércoles, 3 de Octubre de 2007

Otar Iosseliani comenzó a filmar en 1958, tras algunos cortometrajes realizó en 1967 La caída de las hojas y nueve años más tarde Pastoral, su último trabajo en su Georgia natal, antes del exilio fílmico. En Buenos Aires solamente se había podido ver Hogar, Dulce Hogar y una gran parte de su filmografía en esta retrospectiva organizada por el V Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente; el georgiano es un gran autor, comprometido con sus ideales, a la vez que confusos, cada pobre goza de un guiño de complicidad y cada rico es tratado con una leve mirada burlesca. A la vez, la sensación que deja es de una posición lejana al régimen, como él mismo se declaró, “asoviético”.
Pastoral, al igual que Hogar, Dulce Hogar y que La caza de las mariposas está formada por una serie de viñetas coloridas sobre la vida de muchos personajes, con poca definición y mucho de circunstancial, anecdótico y embutido de una frescura poco habitual.
En tanto que La caída de las hojas, su primer largometraje, cuenta la historia de Niko, un joven y tímido técnico en enología que ingresa a trabajar en una gran bodega y defiende sus principios frente a la burocracia ya instalada, y frente a su amigo que intenta escalar rápidamente en la estructura de la empresa.
A pesar de su declarado asovietismo, La caída de las hojas plantea, metafóricamente y apelando a la parábola, la vejez e inmovilidad del sistema y el cómo los nuevos cuadros soviéticos introducidos tras el histórico congreso del PCUS en 1956 no hicieron más que aprovecharse del sistema y tratar de ubicarse cómodamente sin cambiar nada.
Por su parte, Pastoral trabaja a partir de la simplicidad y se constituye en una comedia despojada de toda crítica social, pese a lo cual también fue censurada en la Unión Soviética como sus dos filmes anteriores.
Formalmente tanto La caída de las hojas como Pastoral transitan un sendero de continuidad estilística; la música está presente de manera constante en ambas, los diálogos se ubican en un segundo plano, para que el sonido ambiente genere en el espectador una sensación de cercanía considerable. Los planos son pausados, pero el movimiento de cámara no lo es, no obstante eso no descoloca a nadie; pasa de un personaje a otro, y el filme sigue transcurriendo, en un devenir constante hacia otra historia, que no será contada del todo.
Vale la pena mencionar que Otar Iosseliani deja en la boca un sabor dulce, de plenitud y de alegría; sin importar que digan sus personajes, se mueven siempre hacia adelante y todos dan con la nota exacta.

La caza de las mariposas

En torno a la vida de los habitantes de un hermoso castillo en un pequeño pueblito francés, Otar Iosseliani desarrolla innumerables personajes que alimentan momentáneamente al relato, pero que jamás se constituirán como figuras principales.
Esta especie de coralidad ya se veía en la deslumbrante Hogar, dulce hogar, la que se estrenó en Buenos Aires hace dos años y única obra exhibida hasta esta retrospectiva del aclamado realizador georgiano residente en Francia desde hace dos décadas.
El filme es fresco, cercano y con gotas de ironía que rebalsan en cada viñeta; y eso es el centro de la película: viñetas. Anécdotas de curas pueblerinos, de viejos aristócratas venidos a menos, de hare kishnas simpáticos, de pésimas orquestas de vientos, de viejos burgueses codiciosos y de una adorable setentona con ánimos de chica de 20. Y esa parece ser la fórmula de Otar, quien tiene 69 años pero se siente de veintipico, y eso se nota en sus trabajos detrás de cámara.

Jealousy is my middle name (Park Chan-ok, 2002)

Miércoles, 3 de Octubre de 2007

La medianía no era moneda corriente en el cine coreano que los cinco Baficis exhibieron hasta ahora. Cine de narración elíptica, de refinamiento excesivo, de aventuras riesgosas que muchas veces hacían que el producto final perdiese impacto. Este no es el caso. Celos es mi segundo nombre es un filme ordinario, pero no por menospreciarlo, sino porque parece ser una apuesta por lo seguro; mientras vimos propuestas comprometidas y desafiantes hacia el espectador esta es una historia larga sobre la relación entre un joven y su mentor. No busca el golpe de efecto de En busca del destino, pero no se desvía de un camino que encontrará eco en la gran mayoría del público.
Wonsang es un joven escritor que comienza a trabajar en la revista que edita el hombre del cual se enamoró su ex novia. Un nuevo interés amoroso nace en él, pero nuevamente el editor se queda con la chica sin saberlo. A todo esto Wonsang se convierte en la mano derecha del editor y cultiva de a poco odio y envidia hacia su guía.
La directora maneja muy bien la puesta en escena, y utiliza un recurso muy apropiado para enfrentar a ambos personajes. Al comienzo del filme los dos protagonistas se encuentra en posición de aspirante a un empleo/beca y jefe/director; dentro de la oficina se escucha música clásica, el ambiente es tranquilo y todo está ordenado; de pronto ingresa un vendedor de banderas coreanas, quien pide un libro de ética de sexto grado, ya que allí se encuentra la manera de izar el símbolo patrio que tanto le preguntan sus clientes. Por fuera de la habitación se ve a niños de escuela haciendo ejercicios físicos al son de la canción caribeña Macarena. En esa escena todo el planteo ético y moral de Chan-wook Park se hace claro, la oposición entre juventud y adultez; entre honestidad y lujuria; entre servilismo y altanería.
Hace dos años se pudo ver en la Sala Lugones, dentro de un ciclo de nuevo cine coreano, Area de seguridad compartida, que justamente fue dirigida por Park. En esa ocasión el trabajo era aun más estructurado, bajo los parámetros más ordenados de la gran industria al estilo Hollywood. De a poco Chan-wook Park parece querer despegarse, pero aun le falta.