Bes vakit

Un pequeño poblado turco es visto desde los ojos de tres niños que reciben el mandato paterno como un castigo. Desde este simple planteo inicial Reha Erdem construye un filme abundante, lleno de lirismo visual, de planos de una belleza absoluta, y dentro de esta cáscara casi perfecta relata una historia sencilla desde lo aparente, pero con connotaciones morales, religiosas y humanas evidentes. Cada uno de los tres chicos recibe un mandato unívoco, seguir los pasos de su padre de una u otra manera, así como ellos mismos siguieron el de sus antepasados. Los tres reciben castigos y reprimendas por ser niños, sus padres los reciben de sus mayores por no ser lo que ellos esperaban, y el círculo se corta en la abuela que solo espera, plácidamente, que le llegue la hora de su muerte. Todo lo que se muestra en pantalla, Omer deseando (y planeando) la muerte de su padre, Yakup compartiendo con su padre la lujuria oculta por su bella maestra, y la pequeña Yildiz convertida, en plena niñez, en madre de su propio hermanito, es poco en relación a lo que Erdem deja entrever. Un pueblo lleno de temores, relaciones violentas y ocultas entre los pocos habitantes, odios y miradas cruzadas en un clima de efusividad entre los niños, que solo buscan disfrutar de la belleza que ofrece el mundo que el autor turco nos deja compartir con sus criaturitas.

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